Leer sobre blancos manicomios.
Un P-5, oportuno y con asientos, me permitió vencer el largo trayecto desde Buenavista a La Habana Vieja bajo el tremendo aguacero que nos trajo aquel sábado uno de los tantos frentes fríos traídos por el presente invierno. Ello me otorgó el privilegio de tener en mis manos antes que otros compañeros, menos diestros o afortunados en las lides con la lluvia y el transporte, la novela Desde los blancos manicomios, de Margarita Mateo Palmer.
Esa misma noche comencé a leer la novela. A la legua podía sentirse el olor de luna obra de excelencia, de esas donde a la vez que nos entregan una historia bien contada, se puede escarbar cada vez más y siempre encontrar nuevos mensajes en el ámbito del subtexto.
El lunes, en las clases, mis alumnos me interrogaron y con tono rotundo les informé: ¡La novela está buenísima!
¿Qué me llevó a formular una afirmación tan categórica?
Desde los blancos manicomios es novela que se deja leer cómodamente. Valiéndose de una vieja treta cervantina, la autora coloca a una alienada como protagonista, y nos entrega la historia de Gelsomina, María Mercedes Pilar de la Concepción, en el pequeño e ilimitado mundo de una sala de psiquiatría, así como a los personajes que se mueven en su entorno -- cercano o lejano -- y que conforman un singular universo novelesco: Clitoreo, el hijo; La Marquesa Roja, su madre; María Estela, la hermana que escribe desde Estados Unidos; el Poeta Suicida, que observa a su bienamada y sufre; y la paciente de la cama 23, sobre quien siempre queda la duda de si se trata de una simple vecina de sala o una alter ego de la protagonista.
La estructura, que se ordena en una línea temporal que viene, en general, de pasado a presente, englobando varios ejes narrativos que se entrecruzan, algunos de los cuales podrían vivir como relatos independientes. El núcleo duro lo constituye lo que pudiéramos llamar Delirios de Gelsomina o Visiones desde el manicomio. A su lado, La carrera interminable, el relato sobre el celerípede Clitoreo, el hijo dado al deporte y los avatares de la calle; los parlamentos de la Marquesa Roja, la madre amiga de Rosita de Fornés; Las cartas a Gelsomina, enviadas a la enferma por María Estela, la hermana que reside en el extranjero y ya no puede vivir sin paper towel.
Pero la novela también tiene sus bemoles: la heroína lleva el nombre enunciado en poemas del desaparecido Raúl Hernández Novás, pero también -- ¿Y por qué no evocarlo? -- es el nombre de la heroína de una película de Federico Fellini. Zoar y Truni son los perros de la puerta del hospital, tocados con un tinte de Babalú Ayé pero son dos personajes menores de Paradiso... Y así, como jugando, la profesora, la ensayista - que nunca deja de serlo -- va tramando una novela desde la que nos envía valoraciones, citas, criterios y sugerencias, siempre en la voz de Gelsomina que, en última instancia, es la voz de una alienada.
Lo peor -- dice la Marquesa -- es ese vicio por la literatura. Y esa adicción está a lo largo de toda la obra. En especial por un libro que a mi hija le encanta, de Lezama Lima. Y ese libro y su autor están a lo largo y ancho de las historias del manicomio, de la Gelsomina que se esconde a leer bajo la cama.
Pero no sólo es Lezama, él es una especie de palo mayor de la nave en un formidable ejercicio intertextual con el universo lezamiano. Nos encontramos con citas, menciones, giros, sugerencias a (o de) Carpentier, Miguel Matamoros, Virgilio Piñera, la Avellaneda, Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, la Condesa de Merlín, Bulgákov, Aimé Cesaire, Julia de Burgos, John Lennon, Saint John Perse, Plácido, Paul Colombé, Claude Mc Kay, Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, entre otros muchos. Pero Lezama, repito, impera sobre todos como una especie de Zeus tronante.
Verdaderos leit motiv y áreas de indagación son la insularidad, el mar, la ciudad de La Habana, la familia, la santería, la libertad, la relación entre la vida y el lenguaje de la casa y vida y la jerga de la calle, y la cotidianeidad en los tiempos difíciles del llamado período especial.
Necesito volver a leer la novela. Aún hay enigmas que no he logrado descifrar y, por supuesto, no tendría gracia tratar de preguntarle a la autora.
Todo lo que he dicho no implica una lectura difícil y trabajosa. Como dije al inicio, la obra se deja leer muy bien. No faltan, por demás, momentos de buen humor. Por eso, ahora que ustedes tendrán la oportunidad de comprarla, les reitero que la novela está buenísima.
En el Departamento de Estudios cubanos del Instituto Superior de Arte, el jueves 18 de diciembre de 2008 a las 10:00 a.m.



