Roberto Méndez o Jesús entre los Doctores
A propósito del Premio internacional de ensayo Mariano Picón Salas

La prensa trae la noticia de que el erudito cubano Roberto Méndez Martñinez acaba de hacerse acreedor del Premio internacional de ensayo Mariano Picón Salas con su obra El tiempo dorado por el Nilo: otra lectura de José Lezama Lima.
No es mi propósito enumerar los muchos valores y premios que adornan la obra del poeta, narrador, historiador, profesor y ensayista Camagüeyano; ni las múltiples labores que desempeña en su condición de uno de los más sólidos intelectuales cubanos de su generación (la de quienes acaban de cumplir los cincuenta).
Quiero referirme a una anécdota poco conocida de los tiempos en que aún le llamaban Robertico y era estudiante de Preuniversitario. Corrían el año 1975 o 76 y se abría la Escuela profesional de Arte de Camagüey en el edificio que está al fondo del Museo
Fuimos los asesores (después serían metodólogos) dela Direcciónde Enseñanza Artística del Ministerio de Cultura a darle el visto bueno al nuevo claustro y echarle una mirada general al naciente centro.
¡Ah, sorpresa! El profesor de Literatura era un muchacho, un estudiante del Preuniversitario dela Ciudad. Yaunque en aquellos tiempos solían abundar los profesores no titulados en los niveles medios y los instructores no graduados en las universidades; eso de poner de profesor dela Escuelade Arte a un joven tan joven, le pareció demasiado a algunos de mis acompañantes..
Los directivos de la nueva escuela no sabían qué decirme aunque yo no les pedía explicaciones. Sólo la maestra Vicentina de la Torre, quien solía limitarse a las cosas del Ballet y no opinaba mucho sobre la formación general, me dijo en un susurro: – Si me quitas al profesor de Literatura, en esta aula no entra otro por muy titulado que sea.
Llego la tarde y con la sesión, el profesor Roberto Méndez. Conversé un poco con él para suavizar las tenciones y entramos a su clase. Aún recuerdo que trataba sobre Luís de Góngora y el Culteranismo. Un tema para moverle el piso a cualquier maestro. Envolvió a los estudiantes en su red: las niñas de Ballet con los ojos bien abiertos y los de Artes plásticas soñando retruécanos barrocos. Su verbo era sereno y elocuente y traía un buen dominio de la materia a estudiar. Escuchando su clase me vino a la mente el pasaje bíblico de Jesús entre los Doctores. ¡Cómo podía estar tan bien preparado aquel muchacho! Ahora con este galardón más en su currículum he vuelto a evocar aquella lejanaocasión.
Por supuesto, continúo impartiendo sus clases de forma gratuita, claro está, pues no tenía edad laboral, y colaboró con nosotros y luego con el Instituto Superior de Arte en varias ocasiones.
He seguido su trayectoria y conozco bastante bien su obra. Me alegro de verdad por este nuevo premio que lleva el nombre de Picón Salas.
¡Felicidades, Roberto!


Sobre el nuevo libro de Luis Álvarez Álvarez.
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